Adrián Moral Saiz

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Conocer cada día un poco más

Una graduación merece que pensemos algo en nuestro paso por este colegio. El caso es que se me ha pedido que diga unas palabras a este respecto, y la verdad es que encontrarse en una situación así es difícil: hablar a mis compañeros y a los asistentes haciendo un recorrido por lo que aquí hemos hecho puede ser incurrir en un clásico, casi un tópico. Contar que muchas personas, a las que incluso no conocemos, han participado en nuestra formación sería algo previsible, que suele decirse en estas ocasiones, y bueno…, otros tantos temas que aparecen en estas ceremonias, me parece que más o menos todos los que estamos aquí las conocemos.

Tras darle muchas vueltas, decidí que lo más conveniente era hablar de lo que nos encontramos al terminar esta etapa, que es nada más y nada menos que nuestro futuro. Claro que yo no diré nada del prestigio que podamos alcanzar en ese futuro. Eso no me interesa. No es una manía: no quiero que lo que diga sea un mero halago. En realidad, lo que nos queda es un futuro de esfuerzo, pero no digo esfuerzo como se suele decir, sin pensar. Lo digo sin someterlo a ningún interés particular, y menos ajeno a nosotros mismos; lo digo pensando en que hay que actuar y, después, disfrutar de esa acción que habrá repercutido sobre nuestra realidad. A pesar de que por todos los medios se nos infunda la idea de la vida fácil, la vía rápida que nos llegará como si lloviera del cielo, lo cierto es que lo que nos queda es hacer todo y hacerlo bien, y digo bien cuando digo todo. No vale ser especial: hay que conocer, conocer todo y aplicarlo, y compartirlo una vez adquirido; e insistir, como hacía Sócrates, hasta llegar a extenuar. Probablemente, esto no sea más que una utopía de esas que se llaman científicas, pero no por ello hay que abandonar a mitad de camino, y por lo tanto hemos de intentar cada día saber, conocer, un poco más. Sin desfallecimiento posible. Así al menos han debido enseñárnoslo nuestras familias y el colegio, con resultados que supongo varían de unos a otros.

Sin embargo, quiero decir algo con respecto a eso del conocimiento, sin que peque de ilustrado. Algunos filósofos dijeron que el conocimiento teórico era mejor que el práctico. Otros, que el conocimiento práctico era superior; y otros incluso llegaron a pensar que ambos eran la misma cosa. En la línea, creo que todo conocimiento, sea del tipo que sea, surge de este lugar que llamamos universo, antes mundo. No me sirve el ignorante regionalismo que limita el saber. Por otro lado, es necesario aplicar lo que sabemos sobre esa realidad, que es la única que tenemos. Con el conocimiento que hemos adquirido aquí, que será mayor o menor en función de muchos factores, quizá podamos paliar muchos de los problemas de este futuro que nos pertenece y que nos espera, queramos o no. Saber cosas es también querer saber más, y solamente si ese saber se aplica de un modo práctico.

¿Dónde queremos llegar? Bien, eso del universalismo tiene mucho que ver con lo que puede hacerse en un colegio. Digo que se puede hacer porque no en todos se hace. Incluso tiene mucho que ver con el propio lema de este en el que estamos. Quiero decir: nuestro lema, Mundum Labor Mutat, que a veces nos suena y nos resuena como una cantinela que de oírla ya está en nuestras mentes, y que cuando éramos pequeños se nos hacía extraño y aburrido, tiene realmente algo de sentido. Mucho, más bien, aunque no convenga abusar de los lemas. El trabajo cambia el mundo que antes otros cambiaron; eso significa. Y lo que nos enseña además el citado lema es la vocación de solidaridad. Pero solidaridad únicamente con los que trabajan, pues ser solidario es siempre en relación a alguien. El trabajo es cosa de todos y a todos nos hace más dignos. No creo que todo el trabajo que hemos realizado hasta ahora sólo sirva para alcanzar un conocimiento egoísta, individual y recluso. Tenemos la obligación de universalizar y llegar a todos con nuestro conocimiento. En este sentido, por otra parte, hay que ser un poco como Ortega, y aplicar lo adquirido a todo lo que tenemos: la vida, la existencia. Existencia que tenemos por delante y que tanto podemos cambiar. A partir de ahora no podemos acudir a la vida como meros espectadores, no podemos quedarnos en casa. Tenemos que implicarnos, y mucho. No nos quedemos en el simple boceto de lo que querríamos para nosotros, no nos limitemos a teorizar sobre la realidad. Hemos de desarrollar nuestras ideas, y para ello hace falta coherencia y ser proactivos, dejando clara la diferencia entre el que se recluye para vivir y el que transforma el mundo para imponer lo que entiende por verdad. Entre el epicúreo y el estoico, respectivamente.

Finalmente transmitiros que sólo nos queda ser vocacionales, elegir algo y hacerlo bien. No es una exageración decir que casi toda dedicación es buena si se hace con ilusión y corrección, y sobre todo si se hace con coherencia. Trabajando con estas premisas conseguiremos, al menos, la gran satisfacción que es el trabajo bien hecho, aunque no se alcance la felicidad plena. Pues esta no existe, es un mito. Otras satisfacciones vendrán por otros medios probablemente, si es que vienen; y ahora me refiero a la satisfacción económica o la social. De ahí mi rechazo a ese futuro magnífico que en teoría debería augurar para todos nosotros; eso sería falso. No obstante, a pesar de que a veces nos asalte la idea de que somos insignificantes, y ello sirva como una especie de antídoto nietzscheano para restarnos importancia, no por ello dejamos de ser valiosos. La etapa que dejamos ha sido importante, y ha tenido sus momentos buenos y sus malos. Con el tiempo nos acordaremos sólo de las risas, es normal. Pero sobre todo es que, durante la niñez y la adolescencia, hemos pasado más tiempo aquí que en nuestras casas o en cualquier otro sitio. Si es verdad que somos hijos de nuestro tiempo, es como decir que lo somos unos de los otros, y también de los profesores. Tanto para lo bueno como para lo malo, todos los de aquí somos de alguna manera familiares. Y ahora terminamos, así, sin más. En fin, creo que ha merecido la pena. Gracias.