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«Para algo
serviré en la Academia, ya me dirán», dice Hierro MANUEL LLORENTE MADRID.- Mientras los miembros de la Real Academia Española votaban el ingreso de José Hierro en la casa, el Premio Cervantes firmaba libros en Vallecas a estudiantes de BUP del colegio Gredos San Diego. Así sigue siendo el poeta. Hierro vivió ayer una jornada emocionante. Nervioso, resoplando, tosiendo, se sentía abrumado. Había dado su brazo a torcer y aceptó hace sólo unas semanas ser presentado a la Academia. Lázaro Carreter, Delibes, Buero Vallejo, Lapesa y Domingo Yndurain le habían tentado una y otra vez, pero él que no, que no iría a un lugar donde no pudiera calzar zapatillas. Pero... «llega un momento en que la resistencia es una ordinariez, parece como si quisiera hacerme el estrecho», decía ayer el escritor. El autor de Cuaderno de Nueva York, que lleva ya seis ediciones con casi 20.000 ejemplares vendidos, sostenía que para entrar en la Academia había que tener una obra importante o ser un filólogo, y él, con esa humildad tan suya, no tenía ninguna de esas condiciones. Pero ahora, con 77 años recién cumplidos, en vísperas de recibir el día 23 el Premio Cervantes, con el Premio de la Crítica aún reciente, se ha dado por vencido: «Siendo, como es, un honor, es también una obligación porque tienes que ir a trabajar, no sólo hay que vestirse de gala de vez en cuando». ¿Y qué va a hacer Hierro en la Academia? «Pues ya veré, ya me enteraré. Ya digo, es un honor y una obligación. Tienes que ganarte el honor, ser útil; para algo serviré, ya me dirán... Hombre, todos los sinónimos, aunque lo parezcan, no son iguales, hay matices que puedo comentar, igual por ahí...». En la Academia, todo aconteció como estaba previsto. José Hierro ocupará el sillón G que dejó vacante el fallecido José María de Areilza. Tras una relajada votación consiguió una casi unanimidad en la segunda vuelta, con 22 votos a favor de los 25 académicos presentes en la sesión de ayer -en la segunda votación sólo es necesario sacar dos tercios de la votación total entre los presentes en el acto-, informa Antonio Lucas. La candidatura de José Hierro fue presentada por Carlos Bousoño, Fernando Lázaro Carreter y Francisco Ayala como único candidato. A partir de ahora, el poeta tiene un plazo de dos años para preparar el discurso de ingreso. Según Domingo Yndurain, secretario perpetuo de la institución y encargado de hacer pública la votación, «el ingreso de José Hierro es una gran noticia. Se ha tenido en cuenta toda su obra, pero ha pesado bastante Cuaderno de Nueva York. Es, sin duda, un gran poeta, lo que consideramos como uno de nuestros clásicos». Su gran amigo Carlos Bousoño dijo: «Me parece uno de los poetas más grandes de mi generación, de la posguerra y del siglo XX. Yo destacaría la gran emotividad que siempre ha presidido sus poemas unido a la perfección técnica». Asimismo, el director de la RAE, Víctor García de la Concha manifestó: «La Academia está feliz. Queda así muy bien cubierta la nómina de creadores, en concreto de poetas. Hierro es uno de los grandes del siglo y subrayaría su ejemplo de ética poética. Es la persona idónea para trabajar en la Academia como un gran creador, a pesar de sus miedos por no tener estudios académicos o no ser filólogo. Lo que realmente cuenta es su obra y ésta es de talla mayor». Mientras tanto, Hierro, vestido de marrón y con tirantes, con el cigarro cerca (desafiando a los médicos por problemas de enfisema en los pulmones, por lo que ha tenido que pasar tres veces en el hospital en los últimos meses), dictaba toda una lección de cómo hay que leer un poema. Ante casi 200 alumnos del colegio Gredos San Diego, cuya Asociación Cultural le había invitado para conocer de primera mano al escritor, les leyó versos de Cuaderno de Nueva York y les fue explicando cómo surgió cada poema. Antes, cuatro chicos le recitaron versos suyos. El acto fue una fiesta. Los chavales de BUP y COU -y los profesores- tenían los ojos como platos. El enfatizaba, gesticulaba, movía la cabeza de un lado a otro, subía el tono o lo descendía según el verso. Los pasillos estaban llenos, no se oía ni un murmullo. Y él leyendo, sorbiendo su chinchón, emocionándose. Luego, la algarabía. Una hilera interminable de chicos esperaban en fila a que les firmara un libro. Y él, paciente, les pintaba barcos, retratos, árboles, floreros, rascacielos de su Nueva York... Se le acercaba todo el mundo, y a todos correspondía, cocinero incluido.
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