SANTOS SANZ VILLANUEVA
Un poeta libre en la Docta Casa
Los creadores han guardado a lo largo del tiempo, respecto de la Academia Española, una
variada y pintoresca gama de actitudes. Alguno, como Rafael Alberti, la convirtió en
objeto de su iconoclastia juvenil haciendo aguas menores en los muros del solemne edificio
que alberga a la también llamada Docta Casa. Otros la desacreditan en las tertulias
mientras mueven influencias y hacen la pelota para entrar en ella. Hay también quienes se
niegan en redondo a postular su candidatura convencidos de su inutilidad en la
Institución. Así lo pensaba Juan Ramón Jiménez, de quien existe un testimonio al
respecto divertido. Cuando Gregorio Marañón le propuso su ingreso, el poeta de Moguer le
contestó con zumba amable que no, que él no pintaba nada en ese lugar y que tampoco
entendía qué hacía un médico como el propio Marañón en la Academia de la Lengua como
no fuera mirarles la lengua a los académicos.
Casos de cerrada negativa a ingresar en la Academia hay pocos y entre los escritores
actuales sólo, que yo sepa, Carmen Martín Gaite se obstina en negarse a los
requerimientos que se le han hecho, no por desprecio, sino por pensar que a ese lugar o se
va dispuesto a trabajar o se queda uno en casa. José Hierro también había rechazado
numerosas veces su candidatura, pero, al fin, ha cedido no tanto al peso de los honores
como, creo, a otras instancias. Porque este poeta siempre estimado y respetado, pero que
ahora vive un dulcísimo momento de incesantes reconocimientos, esconde, bajo su aspecto
irónico y anticonvencional, fidelidades muy firmes a ciertos principios: lealtad,
gratitud y amistad.
Pepe Hierro -todo el que le trata lo hace con la forma familiar de su nombre- tiene una
imagen de persona divertida, socarrona, algo excéntrica y disfrutadora de los pequeños
placeres de la vida, en suma, de tipo bastante independiente, que no se compadece bien con
la idea de persona grave comúnmente asociada a su nuevo status de académico. Ello añade
un plus de singularidad a su elección y, sobre todo, de intriga a la fecha en que deba
acudir a pronunciar su discurso de ingreso en la solemne sesión en la que el académico
electo lo sea de número.
No digo que en su caso haya el morbo que suscitó en su día la recepción de Pío
Baroja, cuando se bromeó sobre si abandonaría para la ocasión las gastadas zapatillas
de fieltro que usaba en casa. Pero tampoco en el caso de Hierro se lo imagina uno del todo
protagonista de tanta solemnidad. ¿Abandonará ese día la florecilla que suele adornar
el ojal de su chaqueta o la incorporará como novedad al ritual académico? No habrá
problemas porque su inconformismo algo bohemio siempre ha tenido el contrapeso del buen
sentido y del respeto al prójimo.
No podía ser de otra manera en quien convierte la ética un eje de su obra. Pepe
Hierro es un poeta y un hombre libre que sólo reconoce en el arte y en la vida las
ataduras inevitables. Ahora acaba de añadir una nueva y leve, pero hubiera hecho mal en
esquivarla. Además de poeta -por tanto, obrero esmerado de la palabra-, es crítico
inteligente, y pintor con inspiración -no ha hecho caso del oficio-, y novelista secreto,
y, también, aunque no se suele recordar, profesor de español durante casi medio siglo y
hasta hoy mismo. Es decir, experto en transmitir el espíritu y la forma de la materia con
la que bregan los académicos. Quizá la suma de todos esos factores -el hombre y sus
circunstancias- ha privado a su elección de la polémica frecuente en tantos casos: está
bien que Pepe Hierro, que escribe por las mañanas en un bar madrileño, ocupe por las
tardes un merecido sillón en el palacio de la calle Felipe IV.